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martes, 27 de noviembre de 2012

Energía Inútil Capítulo IV : ¨Una feliz (nueva) vida"



ENERGÍA INÚTIL

Por Arturo Londoño Amórtegui
Capítulo IV
 “Una Feliz (nueva) vida”




-No hay nadie ahí adentro-dijo la mujer
-Si, Cuco siempre está allí a esta hora-le alegué con el conocimiento que me daba la experiencia-
-No, en serio, no hay nadie ahí-insistió de nuevo
-Mire Señora…- alcanzó a decir Margarita antes que la mujer la interrumpiera-
-Ustedes son sus amigos?-preguntó- Es que acaso no saben?
-No sabemos que?-Le dije asustado por el cambio en el tono de su voz-
-El joven Cuco se enfermó de repente…lo siento mucho, él se murió la semana pasada….

Muy pocas veces había visto en Margarita aquella sonrisa nerviosa que rayaba en la demencia. De pronto, sus comisuras empezaron a tomar voluntad propia y se movían indiscriminadamente transformando su rostro pálido de ojos vidriosos e inexpresivos, en un incipiente remedo de la alegre, descomplicada y aprovechada mujer que había sido solo apenas unos segundos atrás.

El tono serio y sentido de la vecina de Cuco no daban pié a pensar que todo ello se trataba de una cuel broma. Margarita quedó en shock y yo sentí como un látigo ardiente me quemaba por dentro desde la tráquea hasta el estómago.

Me acerqué tembloroso a la mujer y entre los miles de interrogantes que aquella noticia me había dado en tan cortos instantes, solo pude articular:

-¿Cómo… como fue?...¿Qué fue lo que le pasó a Cuco?

-La verdad, joven-me dijo la mujer- yo no se mucho de eso, empezó a salir menos, y se le veía como triste, apenas salía a la puerta. Después no salió más. El miércoles pasado me encontré con su abuelita. Ella es como callada también, le pregunté que como se encontraba ya que hacía mucho tiempo no la veía por acá, me dijo que había vuelto de su pueblo para cuidar al joven Cuco quien estaba enfermo en cama. A la mañana siguiente vimos como entraban los paramédicos a su apartamento. Yo pensé que había sido la señora-como ya está toda viejita, eso en cualquier momento se podía morir- pero luego la vi salir detrás de la camilla, me di cuenta que no había sido ella…los paramédicos estaban sacando el cuerpo del joven Cuco… ya todo tapadito con una sábana blanca…-la mujer comenzó a sollozar-. Tan joven que era, tan atento…tan bueno…pobrecito…

Volteé a mirar a Margarita y pude notar que tenía los ojos inundados en lágrimas.

¿Pero…como, que le pasó? ¿De qué se murió Cuco?- Le pregunté desesperado, casi levantándole la voz.

-La abuelita- no nos quiso decir nada. Estaba seria…callada….pobrecita. Solo lo tenía a el. Dios le de consuelo.-Y continuó llorando-

Yo me tomé la cabeza tratando de hacer conjeturas de lo que había ocurrido, empecé a recordar los últimos instantes que había pasado al lado de Cuco, pero solo lo veía sirviéndome más y más alcohol aquella noche. Luego recordé la llegada de Ángela y el golpe que me dejó inconsciente. Nada más. Hice un nuevo esfuerzo para acordarme de sus gestos, sus palabras… las últimas acciones que realizó… pero solo volví a recordarlo sirviéndome licor y yo quitándole su dinero. Lo voy a extrañar mucho, pensé, y le agradecí diplomáticamente a la mujer por la información, realmente ya estaba harto de sus lloriqueos y me dirigí hacia Margarita para salir del edificio; aquella noticia nos había afectado tanto que no dudaríamos en ir a emborracharnos para recordar a nuestro querido Cuco; realmente eso era todo lo que deseaba en aquel momento.

Casi a punto de tomar las escaleras para ir a la entrada, la mujer dijo de repente:

-Lamento mucho su pérdida…se nota que eran muy unidos…hasta se pintaban la cara igual…
Margarita y yo nos miramos de inmediato y salimos a paso acelerado del lugar. Aquel comentario era una referencia a las manchas naranjas que teníamos en todo el cuerpo. Esto empeoraba aún más la situación: No solo Cuco, nuestro “benefactor” había muerto en condiciones misteriosas, sino que también tenía la maldita mancha naranja que nos cubría gran parte de la piel. ¿Estaríamos acaso contagiados? ¿Seríamos los próximos en morir?. La angustia comenzó a roernos por dentro, y por primera vez en muchos años, sentí lo que era el miedo y la desesperación por el futuro.


Por fortuna, no duró mucho.


Exactamente once días después de habernos enterado de la muerte de Cuco, todo ocurrió.
No solo continuábamos vivos, sino que a partir de entonces, comenzaron a ocurrirnos una serie de eventos extraordinariamente fortuitos que cambiaron nuestra vida para siempre.

Margarita-quien luego de enterarse de que el finado Cuco también portaba nuestra mancha naranja-corrió donde su familiar médico (el mismo que había logrado demostrar la invalidez de su mano por su problema carpiano), y luego de los correspondientes y exhaustivos exámenes del caso, comprobó felizmente que se encontraba en perfecto estado de salud, siendo su único inconveniente la gran mancha naranja que no pudo ser quitada por el médico; de todas maneras, era mejor tener la piel de este color que estar infectada y condenada a muerte. Con la salud y ánimos renovados, Margarita solo tuvo que esperar menos de cuatro días para que la suerte volviera a favorecerla, y, ¿qué mejor suerte que le llegara lo que toda su vida había anhelado con desesperación? No era amor, no era conocimiento, no era experiencia. Era simplemente dinero, y ahora, Margarita tenía todo el que había soñado tener: Había ganado la lotería, con la suerte de quien nunca la compra y encuentra un boleto abandonado: El boleto ganador. En menos de semanas, Margarita había olvidado el llanto derramado por la muerte de Cuco, y empezaba a despilfarrar el dinero ganado en la lotería de la manera más descarada posible.

Pero, no solo el destino había cambiado para Margarita. Rafaelo, quien por larguísimas temporadas desaparecía para enclaustrarse en los oscuros rincones de su infinita colección pornográfica, había sufrido una alteración en su vida, quizás radicalmente más grande que el de la misma Margarita. Rafaelo, había conocido el amor. Era difícil coordinar la idea de que Rafaelo, el solitario y erudito de los temas sexuales, propietario de una de las más impresionantes colecciones de películas pornográficas en betamax de todo el país, cambiara sus conversaciones, y mencionara el nombre de su amor tres de cada cinco palabras que hablaba. Se llamaba Natasha Arantes, era una rubia exuberante, algo esotérica, y … además había protagonizado una buena cantidad de las películas de la colección de  Rafaelo. Era amor verdadero, a tal grado, que pese a conocerse relativamente hace poco, ya hablaban de matrimonio.

Rafaelo se había obsesionado con Natasha y la había logrado conocer por fin a la semana que Ángela me rompió la cara en casa de Cuco, gracias a un amigo mutuo. Se hicieron amantes de inmediato y lo que para Margarita y para mi se había convertido en una marca maldita, para Rafaelo fue la razón para que la excéntrica actriz se fijara en el: la mancha naranja. Realmente se les veía enamorados. Yo, que no sabía lo que era en verdad eso, tampoco me causó mucho interés, Ángela había cambiado radicalmente conmigo desde que vió en mi la gran mancha naranja. Al creer que era contagioso, decidió alejarse lo que más pudo e incluso se fue a dormir al sofá dejándome la cama matrimonial a mi disposición. Ya poco me molestaba ni agredía como en tiempos anteriores y solo me hablaba a lo lejos. Pasadas unas semanas con su nueva actitud descubrí que era la forma en que la fortuna me beneficiaba: estaba tranquilo; y eso era sufiente.

Dias después me llamó por teléfono para comentarme que había sido nombrada en un alto cargo del Instituto Nacional de Sicología pero que antes debía salir fuera de la ciudad realizando unos cursos de capacitación inicial. Me alegraba gratamente no tener que verla y podría sobrevivir si me dejaba comida y dinero para emborracharme. Así fue.

Había ya trascurrido cuatro meses desde que Margarita había ganado la lotería, Rafaelo conseguido novia y yo dejado de ser golpeado, cuando sentí su olor por primera vez. Era sábado y nos encontrábamos de vacaciones en una isla llamada Moncowa, a dos horas del litoral pacífico. Margarita quien ya no sabía en qué gastarse el dinero, organizó una salida a la pequeña isla y nos invitó a Rafaelo, Natasha y a mí con todos los gastos pagos por el tiempo que quisiéramos, (esto podía ser dos semana o incluso un mes). No había límite ni restricción de tiempo. Podríamos perder nuestro tiempo tanto como quisiéramos, algo que siempre cumplíamos a cabalidad.

Para llegar a Moncowa, hay que navegar en un bote a motor por casi cincuenta minutos y en cierto punto, al momento de llegar a la playa, hay que bajarse y caminar con el mar al nivel de la cintura. Como yo no sabía nadar y estaba muy a gusto bebiendo cerveza, le pagamos a uno de los navegantes para que me cargara hasta la playa; al darme cuenta que la arena estaba extremadamente  caliente, hice que el hombre me siguiera cargando hasta una cabaña donde nos íbamos a quedar y la cual estaba largos metros dentro de la isla. Margarita había hecho lo mismo, solo que era transportada por dos hombres que la mecían levemente sobre las aguas cristalinas sin permitir que la mojaran. La técnica de hacerse cargar por toda la playa nos había parecido muy cómoda y práctica, sobre todo para mi, que no conocía antes ni el mar ni la arena, así que decidimos pagarle al hombre (quien ya estaba adentrado en una edad madura) para que permaneciera a mi servicio. Al ver la gruesa suma de dinero ofrecida por la risueña Margarita, el hombre no tuvo más opción que acceder a mi propuesta. Así que, mientras yo disfrutaba bebiendo todo lo que el bar de la cabaña me ofrecía, el hombre me llevaba sobre su espalda a cada lugar que a mí se me ocurría: a las hamacas, de regreso a la playa, al mar, al baño… yo no tenía por qué preocuparme que mis pies tocaran la arena ardiente. Había conseguido mi propio carguero. Entretanto, Margarita había contratado un sequito de 16 personas exclusivamente para su caprichoso servicio; se había convertido entonces en la emperatriz de Moncowa y era refrescada por tres sendos abanicos de dos metros hechos con plumas de avestruz, alimentada directamente a su boca con frutas y especias importadas, masajeada y exfoliada por un comando de fisiculturistas  apenas cubiertos por un ridículo taparrabos, además de un conjunto de música tropical que debía interpretar de manera inmediata cualquier canción que a su ama se le ocurriera a ritmo  de calipso. Rafaelo y Natasha dormían al lado de una piscina cercana a la cabaña. Natasha (librada de cualquier tipo de envoltura), era el único motivo que me hacía interesarme por la ubicación de Rafaelo. De resto, me encontraba plenamente realizado gracias a mi nuevo medio de transporte.

-Hay cocos en esta isla? – le pregunté mientras me balanceaba en la hamaca-
-Si, todas esas palmeras están llenas de cocos-respondió mi carguero-
-Vamos por un coco!-le dije- quiero tomar uno yo mismo-le dije señalándole un grupo de palmeras

El hombre al principio no me había entendido, y cuando llegamos a la palmera, se puso al frente de la base para que yo empezara a escalar, pero  yo no lo hice, le recordé que debía llevarme cargado a todo lugar donde le indicara, así que, a regañadientes, el hombre empezó a escalar la palmera conmigo sobre su espalda. Al principio no le fue fácil e intentó renunciar a la idea, pero con solo mencionarle el pago, retomó sus fuerzas y comenzó a subir a medida que pujaba y sudaba copiosamente. Después de largos minutos y habiendo resbalado en varias ocasiones, llegamos a la parte superior, donde pude tomar dos cocos. La verdad pensé que eran diferentes como los pintaban en las caricaturas, así que el desencanto me llevó a lanzarlos a la arena y volver a regresar a la playa sobre la espalda de mi carguero. Al buscar a Margarita vi que estaba disfrutando de los cuidados extremos proporcionados por su séquito y se encontraba en un estado de inmovilidad extrema debido a su relajación; su relajación estaba a tal punto que dos mujeres debían mover su mandíbula para que masticara una gran cantidad de frutos que para mí eran desconocidos. Quise ir al mar para probar que tan salado decían que era, y nadar un poco, pero como no sabía nadar, mi carguero tuvo que hacerlo por mí y estuvo a punto de ahogarse varias veces debido a mi peso. Después me percaté que no había vuelto a ver a Rafael ni a Natasha, así que mi carguero y yo fuimos en busca de ellos y nos adentramos en los matorrales. Momentos después los descubrimos sobre la hierba emulando una de las escenas de las películas en las que Natasha participaba. No niego que permanecí allí un largo rato observando, hasta que empecé a percibir el olor de un perfume que no podía reconocer pero que me parecía familiar. Un olor semejante a colonia de niño, con un fuerte almizcle dulce. Pasé largo tiempo pensando la procedencia de este olor familiar a tal punto que me desenfoqué de mi voyerismo y permanecí entre los matorrales pensando. Luego de una hora un escalofrío me turbó cuando recordé quien olía de esa manera: Cuco.

Hice que mi carguero corriera hasta la playa hasta llegar a la cabaña de Margarita donde todo su grupo de atención se encontraba rodeándola. Algo había pasado. Cuando por fin llegamos frente suyo la vi en estado de shock, temblando e impresionantemente pálida tumbada sobre un canapé de mimbre. Unas mujeres le proporcionaban viento rápidamente con ayuda de los inmensos abanicos.

Margarita me vio y se lanzó a abrazarme.
-Lo vi, lo vi-me dijo temblorosa- estaba allí sentado en la escalera-era el…era el!
-Era… quién?-pregunté-
-Cuco!, Cuco, maldita sea! Vi su fantasma! Se quedó mirándome…se le veía tan triste…tan solitario…luego se fue.

Si no hubiera sentido su olor, hubiera pensado que Margarita me tomaba del pelo, pero no era así, podía ser una farsante capaz de engañar a una compañía para ganar un pensión por incapacidad, pero conocía esa cara, ese temblor, si ella lo había visto, yo le creía. Mi olfato nunca me había engañado. De todos estos años de golpes y abusos por parte de Ángela, era el olfato el único sentido que aún tenía cien por ciento completo. Rafaelo y Natasha volvieron de noche a la cabaña. Parecían distantes y Natasha (quien no tenía pelos en la lengua), dijo en voz alta con el ánimo de avergonzar a Rafaelo:

-Veamos si esta noche no me fallas como hoy en la tarde…jajaja imagínense…no hizo nada por que una " vocecita" le hablaba al oido! Valiente impotente!
-Vocecita?- le pregunte-
-Si, dijo ella-dizque un tal Cuco le susurraba cosas…jajajaja.

Cuando la segunda embarcación que traía comida exótica, varios kilos de tomates, huevos, leche y ensalada –destinados a lanzárnoslos en la cara a modo de juego - así como un grupo de colegas de Natasha quienes a último momento habían podido abordar la embarcación,  arribaron a la isla, ya habíamos perdido el interés por divertirnos. Los tres habíamos sentido la presencia de Cuco de alguna forma, sea oliendo su infantil fragancia, escuchándolo o viéndolo. De alguna manera comenzamos a sentir un sentimiento de remordimiento y culpa por la forma en que abusamos de su hospitalidad, robamos su dinero y nos aprovechamos de su estupidez de la forma más descarada y abierta jamás existente. Quizás, aquella mancha naranja regada por todos nuestros cuerpos era la prueba de nuestra culpa.

Por más que intentamos adaptarnos al caluroso y vacacional ambiente, no fue asi. Durante los tres dias que únicamente pudimos pasar en Moncowa, las visiones sobre Cuco se hicieron más repetitivas, así como sus susurros o su olor. Era imposible como Margarita lo llegó a pensar, que realmente Cuco estaba con vida y ahora nos jugaba una macabra broma; todos lo habíamos visto en el cementerio siendo los únicos que lo habían acompañado a su última morada (ni siquiera su abuela estuvo con el); Realmente Cuco estaba muerto y el espectro que se paseaba en la isla no hacía más que atormentarnos; Margarita entró en un estado de histeria continua, Rafaelo en uno de impotencia prolongada y yo…yo he de reconocer que el alcohol no me estaba generando el valor y la seguridad que siempre me producían…el espectro de Cuco nos acosaba a tal punto que terminamos encerrados los tres en un cuarto de la cabaña.

Entonces, al fin alguien dijo algo sensato y nos llevó a buscar una salida posible a aquella situación.

-¿Ustedes eran muy amigos de ese Cuco?-preguntó Natasha-
-Solo cuando nos convenía-respondí
-Cuando yo era niña-continuó-mi nana siempre me prohibía que metiera algún objeto en las tomas de electricidad, y siempre que estaba a punto de hacerlo, ella aparecía, me regañaba y me hacía prometer que nunca más lo haría. Cuando se murió, yo seguí escuchando por mucho tiempo su misma voz cada vez que me acercaba a una toma de electricidad; sentía que estaba allí y la oía haciéndome prometer que nunca meterá algo allí…maldita vieja…

-¿y?- preguntó Margarita sollozando

-Tal vez Cuco está aún aquí por algo…algo que lo ata a este mundo-dijo Natasha mientras se envolvía en una toalla.

-Quizás se quiere vengar de todo lo que le hicimos-dije en tono de burla, aunque mas desesperada que mal intencionada.

-LA HERMANDAD!- gritó Rafaelo-quien había permanecido en silencio todo este tiempo-
-Siempre lo ilusionamos con hacer tal juramento de los “Amigos para siempre”-prosiguió- era la excusa para aprovecharnos de el…ese fantasma está aquí por eso!

-Estupidez!, Tontería, cuento idiota, jajajaja-protesté-y en aquel momento sentí de nuevo su olor-

-Si, !-dijo Margarita- Si la única forma de que Cuco nos deje de joder es cumpliendo ese juramento… hagámoslo!


Natasha se involucró aún más convirtiéndose en nuestra guía espiritual de invocaciones (gracias a la experiencia de su nana), pero el fantasma de Cuco solo continuaba atormentándonos en lugar de unirse a nuestra ceremonia.

Exhausta, Natasha finalmente  admitió:

-Es imposible hacerlo así.... problema está en el lugar, hay que llamar a  su espíritu en el sitio donde iban a hacer el juramento, tal vez así si  se manifieste...


Así fué como regresamos  esa misma tarde a la ciudad; y entonces... ya nada volvió a ser como antes.

Continuará…


jueves, 25 de octubre de 2012

ENERGÍA INÚTIL Capítulo II : "Mi esposa y Yo"


ENERGÍA INÚTIL

Por Arturo Londoño Amórtegui

Capítulo II
 “Mi esposa y Yo”

 


…Aquella noche de sábado, donde por fin pudimos entrar al apartamento de Cuco y abusar con extremo descaro de su hospitalidad y estupidez, fue el inicio del fin de aquella hermandad y el giro irreversible de nuestras inútiles vidas hacia la fatalidad.



De un tiempo para acá, Margarita se había vuelto aún más insistente en su interés por conocer el apartamento de Cuco, y catapultada por Rafaelo, quien se moría por ver un VHS, me había obligado literalmente a realizar un seguimiento exhaustivo a las actividades de Cuco y su abuela (a quien no había visto jamás); así que, esa misma semana que me lo topé en la escalera, no fue difícil  obtener información sobre la ausencia de esta para aquel fin de semana venidero. A los pocos minutos y después de pedirle dinero prestado (el cual, como siempre, nunca pagué) llamé con urgencia a Margarita comentándole la nueva noticia. Mi labor de informante había terminado y no fue difícil para ella convencerlo que nos acogiera en su apartamento aquel sábado en la noche para realizar una pequeña reunión; al fin y al cabo, oficializaríamos su entrada a nuestra hermandad de “Amigos para Siempre”.

Creo que Cuco estaba enamorado de Margarita. Margarita no era fea. Tampoco era hermosa, pero sabía sacar provecho de otros recursos como el abuso excesivo de las aperturas de sus escotes y en sus cortísimas faldas para llamar la atención. La primera vez que Margarita, Rafaelo y yo habíamos salido junto con Cuco, vimos de inmediato el gran potencial de su billetera. No solo pagó costosísima cuenta del bar donde fuimos a beber, así como la cena y antes de eso las entradas al cine y la comida; también dio dinero a Rafaelo para que gastara en pornografía checoslovaca disfrazada de cine ecológico europeo, compró aretes y otras joyas a Margarita quien prometió descaradamente pagarle al lunes siguiente. Finalmente nos llevó a casa en el mismo taxi asumiendo los costos del transporte. Como en aquella ocasión me vio tan golpeado quiso comprarme vendas y otros medicamentos, pero yo rechacé tajantemente su ofrecimiento abogando a que en el lugar donde nos encontrábamos no habían los necesarios para curar mis heridas; así que le propuse me diera el dinero y como al día siguiente tenía que ir de nuevo a revisión médica, los compraría en aquel lugar. 

Al otro día me emborraché de una manera tal que regresé a casa pasados dos días gracias al generoso aporte del desinteresado Cuco. ¿Se podía ser más estúpido que el? Lo dudo.


Yo solía verme muy lastimado por ciertas épocas; no era así siempre, pero a veces pasaba, esta era una de ellas. Cuando Cuco me preguntó sobre mi aspecto, yo simplemente respondí que había caído por la escalera cuando traté de atrapar el último mendrugo de pan que tenía para la cena. La técnica funcionaba de maravilla y Cuco no solo insistió en darme dinero para mis medicamentos, también me proporcionó un dinero extra para alimentarme mejor y reponerme del todo; entonces sacaba grandes cantidades de billetes doblados y arrugados de sus bolsillos y sin dudarlo me los daba.

Al principio yo fingía verguenza; Mas adelante simplemente estiraba la mano y tomaba el dinero. El ejercicio se repetía con Margarita y Rafaelo, a quienes siempre les pasaba algo malo también. Cuco seguía dándonos dinero e invitándonos a lo que nos antojara. Éramos felices.

A mí me convenía que me viera herido, pues así se alarmaba  y corría a darme más billetes que a los demás. Yo ya estaba a acostumbrado a los golpes y hematomas y recibir dinero extra, me encantaba aún más.

Siempre viví de los golpes. Me había casado demasiado joven pero eso me tenía sin cuidado; nunca aspiré a tener una vida muy trabajosa, por lo que cuando conocí a Ángela (o ella me conoció a mi), acepté de inmediato la precoz propuesta de casamiento de mujer que ya había pasado los cuarenta años, sin importar que solo llevábamos 7 meses de conocernos. Al fin y al cabo, ella, quien trabajaba como psicóloga me podía ofrecer lo que un joven como yo, recién salido de sus estudios básicos y sin ningún interés por el futuro podía pedir: dinero, comida, techo, licor y el último modelo de walkman salido al mercado.

No pasó mucho tiempo para darnos cuenta como éramos mutuamente; ella, quien de antemano intuía mi poco interés en conseguir trabajo, alguna vez intentó que yo me apersonara de las labores del hogar, mientras continuaba con su empleo de psicóloga de parejas; así que me pidió un día planchar toda nuestra ropa. El solo hecho de conectar a la electricidad la plancha y tener que quitar todas las arrugas produjo en mi un profundo rechazo;  así que cuando ella regresó de noche al apartamento, no solo no encontró toda la ropa sin planchar; también halló medio lugar lleno de humo y fuego producto dedejar la plancha conectada todo el día mientras queyo dormía plácidamente con el televisor encendido.Ángela no dijo nada al encontrar lo sucedido. Lo siguiente que recuerdo es verla corriendo hacia mí con la plancha aún caliente en la mano. Luego sentí un golpe seco y ardiente en la cabeza y perdí el sentido. No fue la primera vez que Ángela me golpeó con utensilios del hogar; como nunca estaba pendiente del proceso de cocción de los alimentos, era muy frecuente que estos se quemaran, así que mi esposa viendo los desastres ocasionados por mi inutilidad culinaria, no escatimaba esfuerzos en golpearme el rostro con las ollas aún calientes o lanzarme vasos, pocillos y platos a la cara, e incluso sopas calientes que con el tiempo aprendí a esquivar con agilidad. El día en que se cumplieron 10 meses desde que me pidió clavar una puntilla para colgar un cuadro en la pared y yo no lo había hecho, me dio un martillazo y me rompió de un solo golpe todos los dientes frontales. Como de vez en cuando Ángela debía mostrarme en sociedad por cuestiones laborales y familiares, no tardaba mucho en cubrir sus maltratos con cirugías y  otros arreglos físicos. Yo por mi parte, me mantenía enfocado en ver televisión, escuchar música de mi walkman, jugar billar y dormir hasta tarde, con tal que ella me siguiera dando techo y dinero para embriagarme; a cambio yo debía estar a su lado, mostrarme en sociedad cuando ella lo considerara, aguantar el dolor de sus agresiones y cumplir con los deberes conyugales dignos de mi género.

Como en una ocasión me torció el tabique con una botella de vodka que me estaba tomando, por fin enfurecí (mas por el hecho de que había regado el precioso licor que por el golpe mismo) la amenacé con dejar el hogar y demandarla; entonces, pareció entrar en una aterradora crisis de histeria nerviosa y llanto, y en un acto de arrepentimiento desesperado para evitarlo, prometió no ser tan drástica en su forma de actuar y no solo aumentó el dinero que me daba para mis gastos, también me permitió pasar algo más de tiempo libre para estar con mis amigos (por aquella  época recién había conocido a Rafaelo);y  también disminuyó un poco sus agresiones; en contrapeso a esto, empezó a insultarme con mayor frecuenciacada vez que le placía. Definitivamente no todo podía perfecto.

Aquel sábado, estaba libre de Ángela quien se había ido a visitar a su madre (en realidad estaba de fiesta con sus colegas, pero me tenía sin cuidado), y tal como se lo había prometido a Cuco, llegamos en punto de las 8:00 PM a su apartamento. Cuando por fin asomó su cara de idiota feliz por la puerta, ví como cambiaba su expresión de imbécil normal a imbécil enamorado justo en el momento en que vió a Margarita.

 
-Sígan, adelante, queridos amigos- dijo al abrir la puerta.


Y entramos de inmediato dispuestos a exceder el límite de abuso ya establecido a la confianza de Cuco. Tan pronto vi su inmensa sala con costosísimos sofás de cuero, me lancé sobre los mismos y le pedí una cerveza (previamente le había dado una lista mínima de compras para nuestra atención); ya había encendido un cigarrillo cuya ceniza tiraba sobre su alfombra persa cuando vi que Margarita ya merodeaba todos los cuartos del apartamento previa confirmación de la ausencia de la abuela. Solo Rafaelo se encontraba retraído y distante, cruzando las piernas y encogiendo los brazos; yo podía comprenderlo bien, me pasaba a menudo cuando llevaba un tiempo sin beber alcohol, pero en el caso de Rafaelo, verle salir a la calle dejando el encierro y el bienestar que su pornografía le proporcionaban equivalía al síndrome de abstinencia de cualquier adicto. Unos instantes después regresó Cuco con nuestras cervezas servidas en unas extrañas copas metalizadas y brillantes más parecidas a esas de donde bebe el cura cuando da la comunión en la iglesia que una copa de una casa normal; claro, nada había normal en esa casa, pero después de beber toda la noche, comer todo lo que se nos antojaba comer (cargado al servicio a domicilio pagado por Cuco), desvalijar lo que se nos ocurría y robar varias cosas que nos parecían curiosas, las copas raras poco importaban; sobre las 2:15 AM un sonido diferente irrumpió el lugar, una secuencia de golpes secos y furiosos se estrellaban contra la puerta de madera, una sorpresa inesperada había mutilado nuestra felicidad impidiendo que Cuco fuera ingresado a nuestra hermandad, tal como había sido nuestro objetivo inicial (si, claro…)


Continuará…
 

miércoles, 10 de octubre de 2012

CAFÉ ZOMBIE (Parte III)



CAFÉ ZOMBIE (Parte III)

Capítulo Final

Por Arturo Londoño Amórtegui

Diseño: Arturo Londoño Amórtegui



 
- “Ese tinto estaba pasado”, me comentaba un colega.
- “hermano esa vaina me dio churrias”, escuchaba por el radioteléfono.

Yo mismo me comencé a sentir mal de la barriga y me tocó parar el taxi y bajarme a pedir un baño en una tienda abierta a la madrugada. Muchos compañeros no contaron con la misma suerte y les tocó dejar botados a los clientes y salir corriendo a cagar detrás de un poste.


Al otro día la mayoría coincidieron de que el origen de eso , era el tinto que habíamos tomado la noche anterior, después de insultar a las monas, decidimos regresar donde los zombies.


Las viejas acusaban a los zombies de sabotaje, nadie les creía, yo sí, pero no me importaba.

La reacción de las monas no se dio por esperar. Dejaron que los zombies reinaran casi por un mes, mientras ellas seguían siendo culpables por el incidente del tinto intoxicado. Pero un sábado ocurrió algo inesperado, eran casi las tres de la mañana cuando apareció una caja de cartón con un moño, al lado de donde se hacían los zombies. De hecho estaba ahí antes de que estos aparecieran a vender el tinto; la caja estaba marcada con el dibujo de un cerebro  y la letra 2 x 1. La zombie que parecía ser una mujer por fin se percató de la caja , se acercó a ella, y se disponía a abrirla cuando  un colega le pidió un tinto. Yo estaba a unos diez metros de ahí, cuando se escucho la explosión. La señora zombie se regresó y abrió la caja, que no era más que un explosivo que le hizo estallar media cara, lanzándola a ella y al compañero lejos por los aires. Al resto nos dejo aturdidos y sordos. Esa vaina ya se había puesto muy pesada y peligrosa. Al compañero taxista tuvieron que cogerle varios puntos en la cara y como no pudo trabajar por que estuvo incapacitado, el dueño del taxi lo despidió. Ya no volvimos a tomar tinto en ninguna de las dos partes.


De lo que ocurrió después no fui testigo, me lo conto un compañero al que le dio por parquear ahí, porque estaba lloviendo mucho. Después de varias semanas, desde que había ocurrido lo de la explosión, tanto monas como zombies, no se habían ido del lugar. No habían vuelto a pelear, pero tampoco vendían nada.

El único cliente que iba al lugar y que solo se la pasaba donde las monas era don Guillermo Duarte. El mismo taxista fastidioso y borracho que jodía cada noche. Como esa noche llovía mucho las monas estaban escampando debajo de un parasol gigante, mientras que los zombies permanecían mojándose sin importarles nada. Don Guillermo Duarte, llegó a eso de la media noche y de nuevo estacionó mal su taxi, pues casi atropella a una de las monas. 

Llamó a una de ellas para que se acercara a su carro y esta  pese a la lluvia lo hizo con la esperanza de hacer la primera venta de la noche. No fue así. Don Guillermo la agarró de la mano y al parecer empezó a decirle morbosidades y groserias que la ofendieron. Luego comenzó a gritar, don Guillermo Duarte se bajó del taxi todo borracho y  se fué tambaleando hacia donde se encontraban las monas.

Se puso agresivo, grosero y comenzó a tocar más de la cuenta a una de ellas, se cayó el parasol y su amiga intento ayudarla sin éxito, entonces Don Guillermo la tomó por el brazo y la tiró contra el piso mojado. Los gritos no se hicieron esperar y comenzó a arrastrar a una de ellas hasta su taxi, solo se le oía decir: 

-“venga cosita le doy la vueltica que le había prometido a la Calera… venga  no se haga de rogar que le va a gustar...ahora si me va a compensar tantas noches que vine solo a verla y no me paró bolas"


La cosa estaba muy grave y don Guillermo golpeó a la mona mientras la seguía arrastrando hacia el carro, pese a los gritos de las dos mujeres, nadie acudió a ayudarle. Llovía mucho, estaba muy tarde y casi no había nadie a esa hora en la calle.

Pero don Guillermo no pudo lograr su objetivo y nunca llevó a ninguna de las monas a La Calera. De la nada aparecieron los dos zombies y pesar de ser escuálidos y enclenques le hicieron frente. Don Guillermo Duarte se les burló y empujo a uno lejos del taxi, con lo que no contaba era que esos seres decrépitos y podridos seguían siendo zombies , así que se lanzaron encima, uno a su cabeza y el otro al pecho. En un instante uno de ellos tenía el corazón del viejo entre sus podridos dientes y lo masticaba con placer, mientras que el otro saboreaba sus sesos reposados en su cabeza de pocas y delgadas canas. Cuando por fin las monas habían dejado de gritar, luego del horrible espectáculo, se acercaron temerosas a los zombies y por primera vez en casi seis meses de aquella guerra, no hubo ni desprecios ni actos de sabotaje.  

Las  mujeres permanecieron con los zombies bajo el gran parasol protegiéndose de la lluvia; Los zombies seguían masticando los restos de Don Guillermo Duarte, cuyas tripas y sesos ahora era pedazos que  flotaban sobre los charcos y se iban a las alcantarillas.


 

Después de esto, los dejamos de ver por un tiempo hasta que ocurrió la gran sorpresa, hace ya 7 meses: tanto las monas como los zombies regresaron juntos una noche de octubre; pero esta vez no solo traían los termos llenos del tinto de siempre. Ahora, habían hecho en compañía una cafetería completa en el sitio donde antes se hacían los zombies. Ya no solo vendían café; ahora también había café con leche, agua de panela, agua aromática, pan, huevos, caldo y finalmente desayunos completos para quienes amanecíamos en el lugar. 
Pronto montaron todo un emporio y hasta tuvieron que contratar varios ñeritos del sector para que nos cuidaran los taxis y también los lavaran, lo que hacían muy juiciosos por el miedo a ser devorados por sus patrones monstruosos.

Nos sorprendimos aún mas cuando supimos que las monas se habían casado con los dos zombies; ´-aunque pareciera increíble era cierto- aunque no dejaba de ser grotesco y motivo de todas nuetra cochina envidia verlos besándose a cada rato....que de buenas esos zombies! A lo último nos terminamos por acostumbrar, y no volvimos a abandonar el lugar. Ahora, solo estamos esperando a que nazca en dos meses el primero de sus hijos para ver quien gana las apuestas: unos dicen que nacerá normal, otros que será un zombie podrido y sin partes como su padre y otros dicen que será mitad normal y mitad podrido. Para ser sinceros, con toda la plata que tiene ahora, ¿a quien le importa?, por lo menos a mi ni me va ni me viene... que hagan lo que quieran...igual no es mi problema. 



FIN
 
































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